
Chicago.
Hay quien dice que el camino que seguimos desde el parto al ataúd está asfaltado.
Chicago, entonces, se presenta ante nuestros ojos como metáfora cruda y endurecida de dicha travesía.
Entre avenidas, aceras, vidas y venidas se descuelgan nuestros segundos, nuestros minutos, horas, días... Se vacía nuestro tiempo entre escarcha y farolas.

Chicago.
Sucede que, a veces, las olas que conforman nuestros momentos, se revuelven. El mar deja de estar sereno. Nos da un vuelco el corazón y todo parece patas arriba.
Chicago, entonces, resulta una suave similitud de nuestra convulsión emocional.

Chicago.
Cuna y féretro. De delirios y desesperaciones. De amores y lágrimas. De dioses e insectos. De todo lo que somos. De todo lo que creemos ser. De todo aquello que los demás creen que somos.
De lo que pensamos y de lo que decimos. Que nunca es lo mismo.
Chicago.
Gigante de acero y hormigón. De frío y fuego.
Hermosa dama entre la niebla.


Casandra Rattengift

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